Reseñas

12 Dic
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Aldo Ferrer y la construcción de la densidad nacional

El desafío implícito en el concepto de densidad nacional

La densidad nacional se constituye a partir de cuatro grandes factores: cohesión y movilidad social (“en mayor o menor medida, todos los países exitosos registraron tensiones sociales, en algunos casos extremas y violentas; pero sus sociedades registraron un nivel de cohesión y movilidad social que sustentó el proceso de acumulación en sentido amplio e hizo participar a la mayor parte de la sociedad de los frutos del desarrollo”); liderazgos y acumulación de poder (“la cadena de agregación de valor de los diversos sectores productivos contó con participaciones decisivas de empresas nacionales. La presencia de filiales de empresas extranjeras nunca constituyó un bloque dominante y estuvo asociada al tejido productivo mediante eslabonamientos con empresas de propiedad pública y empresarios locales”);

Estabilidad institucional (“los países exitosos cuentan con instituciones estables y regímenes políticos capaces de contener y resolver las tensiones emergentes del proceso de transformación (…) las reglas de juego establecidas reflejan la existencia de un sentido de pertenencia en la mayor parte de la sociedad (…) ningún sector está en condiciones de romper las normas aceptadas para imponer su voluntad sobre el resto de los actores”); y finalmente el pensamiento crítico (“el pensamiento estructuralista fue desplazado en América latina bajo la avalancha neoliberal sustentada en la crisis de la deuda y en las debilidades internas (…) en todos los países exitosos predominó un pensamiento crítico fundado en el interés nacional y el rechazo al pensamiento hegemónico de las potencias dominantes”).

En años recientes, Aldo Ferrer comenzó a trabajar sobre un concepto complejo y sofisticado: un instrumento conceptual que permitiera dar cuenta de las limitaciones y potencialidades de los países para insertarse exitosamente –soberanamente– en el orden global. Llegó así al concepto de densidad nacional, tan relevante en nuestra época como el tan nombrado como incomprendido concepto de desarrollo. Ferrer percibió la necesidad de dar cuenta del comportamiento que América latina ha tenido en las últimas décadas de su historia económica, en las cuales pareció abandonar la meta de completar la conquistada independencia política con la nunca lograda independencia económica. 
Así como el desarrollo es un concepto multidimensional, la densidad nacional vuelve a enlazar naturalmente a diversas disciplinas sociales, en un desafío investigativo e interpretativo extraordinario. Luego de recorrer la experiencia comparada de un conjunto muy diverso de países que pueden considerarse exitosos por haber logrado una buena inserción internacional y elevados estándares de vida para su población, gracias al despliegue amplio de sus potencialidades, el autor llega a la conclusión de que lo que les ha permitido alcanzar esos logros significativos ha sido el haber generado internamente una sólida densidad nacional.

Ferrer deja así planteado un auténtico desafío intelectual para el campo académico, ya que ha desplegado una serie de dimensiones complejamente interrelacionadas que deben ser comprendidas e investigadas en cada caso específico. Pero aún es mayor el desafío para el mundo de la política concreta: si el camino al desarrollo nacional requiere del esfuerzo multidimensional que implica lograr la cohesión social, contar con un empresariado que acumule e invierta en el espacio nacional, establecer instituciones capaces de procesar y resolver los conflictos vinculados a la transformación, y desplegar un pensamiento propio frente al pensamiento hegemónico, son numerosas las tareas y acciones que deberán plantearse en función de esas metas. Como el desarrollo, el fortalecimiento de la densidad nacional requerirá de la movilización y articulación de todos los recursos valiosos disponibles en nuestra sociedad.

Pensando junto a Aldo Ferrer

Queremos aquí señalar una serie de cuestiones que nos hubiera gustado seguir profundizando con él, en relación a los significados e implicancias del concepto de densidad nacional. Pensando en la historia argentina reciente, no cabe duda de que un punto de inflexión fue la dictadura cívico-militar de 1976. Cuando se la estudia, se observa que junto con el quiebre institucional y la eliminación de las garantías democráticas básicas, se implementó en lo económico un proceso de desindustrialización, especulación financiera y endeudamiento externo. El impacto sobre la cohesión social fue enorme, y aún hoy no ha sido revertido. En lo ideológico, la persecución de las ideas heterodoxas favoreció la difusión masiva del neoliberalismo, que constituye el pensamiento céntrico por excelencia. Se podría decir que ese régimen político representó exactamente lo opuesto a lo que Aldo Ferrer recomienda en términos de construcción de densidad nacional. El problema es que dicho régimen contó con la adhesión de fuertes sectores empresarios, que deberían ser, en la visión de Ferrer, quienes hagan la apuesta por la acumulación dentro de las fronteras nacionales y quienes formulen una visión “propia” en relación a otros intereses transnacionales. Después de concluido el episodio dictatorial, sin embargo, el primer gobierno democrático liderado por el Dr. Alfonsín encontró fuertísimas trabas para aliviar la pesada carga de la deuda externa y así poder sostener una política autónoma de desarrollo, provenientes de las potencias hegemónicas. En esa circunstancia histórica, el orden global actuó interponiéndose activamente en el proceso de recuperación nacional. Si bien ese gobierno democrático contaba con autonomía intelectual para “leer” el mundo, ni los actores económicos locales ni los externos permitieron construir densidad nacional. En la gestión del Dr. Menem se reintrodujo el pensamiento céntrico en el propio seno del Estado, se incrementó la desigualdad y la marginalidad social, y se promovió la desafección por lo público. Nuevamente, el empresariado más dotado por sus recursos productivos y financieros para realizar la acumulación, apoyó el proceso de privatizaciones y extranjerización de las empresas públicas, y en no pocos casos vendió sus propias empresas al capital extranjero. Ferrer señala en su libro que los comportamientos empresarios serían efectos de las “reglas de juego” equivocadas planteadas desde el sector público. Sin embargo persiste la duda sobre el grado en que poderosos intereses sectoriales pueden incidir en el diseño de las “reglas de juego” y en la selección de los propios funcionarios que deben implementarlas. Aldo Ferrer señala con precisión el efecto negativo del pensamiento céntrico para lograr la necesaria densidad nacional.
El problema se acrecienta cuando parte del liderazgo político y empresarial pareciera portador de ese pensamiento céntrico, como se manifiesta en el apoyo declarado a los quiebres institucionales, la adhesión acrítica a los lineamientos del Consenso de Washington, el entusiasmo irresponsable frente a eventuales tratados de libre comercio, o la reiterada tendencia a la adopción sin matices de las modas intelectuales provenientes de las potencias hegemónicas. Ferrer entiende que las instituciones democráticas locales están en pleno funcionamiento, y que ese es un activo de la densidad nacional. Pero seguramente no se le escapaban los graves ruidos institucionales que marcaron, por ejemplo, la caída del Dr. Alfonsín, las irregularidades republicanas durante el gobierno del Dr. Menem, los desórdenes económico-sociales que determinaron la renuncia del Dr. De la Rúa, o los comportamientos corporativos que jaquearon la legalidad durante la reciente gestión kirchnerista.
Esos ruidos persistentes entre economía y política o política y economía, debilitan la densidad nacional en la medida en que ilustran significativas divergencias sectoriales en torno a cuál debería ser el rumbo estratégico de la nación. En el ámbito global, nuevamente Ferrer es optimista. Entiende que conjuntamente con todas las naciones emergentes que tienen hoy vigorosas políticas estatales para construir el desarrollo nacional, las economías del Atlántico retrocederán en algún momento de sus actuales prácticas neoliberales –lideradas por las finanzas–, y retomarán políticas de estímulo a la demanda y la producción. Ese nuevo escenario generará mejores condiciones para que la periferia latinoamericana asuma políticas públicas más expansivas y dinámicas. Esperamos que esta visión sea la que finalmente se concrete, ya que en la presente coyuntura, incluso luego de la grave crisis financiera provocada por los principales actores de Wall Street, sigue preponderando la lógica económica y social del capital financiero, que conlleva tendencias globales al estancamiento y el desempleo. Quizás en el capitalismo keynesiano de posguerra no sólo primó una comprensión intelectual más sofisticada de las limitaciones que tienen los mercados, y del rol regulador clave del Estado –a partir de la catástrofe que estalló en 1929–, sino que también jugó un papel significativo la presencia de una “amenaza” sistémica, el mundo comunista, que contribuyó a reforzar las voces favorables a la autorregulación responsable del sistema. Hoy tal “amenaza” no existe, y la prédica desregulatoria –e incluso la consagración de la primacía de los intereses corporativos sobre los Estados, como en el caso de los actuales TTP y TTIP– continúa a pesar de los peligros económicos y sociales que el descontrol de los mercados sigue provocando. Aldo Ferrer y la construcción de la densidad nacional > 2 5 Conclusión Aldo Ferrer logró construir una forma de pensar que le permitió dar cuenta de los grandes procesos históricos universales, de largo aliento, y al mismo tiempo poder comprender y encuadrar la lógica de las políticas locales coyunturales. Fue un destacado representante de una escuela de pensamiento latinoamericano que realizó un esfuerzo de construir un pensamiento abarcativo, no fragmentado, en contraposición al estéril pensamiento predominante en las unidades académicas hegemónicas. En ese sentido no fue un creador de teoría abstracta, ni cultor de un empirismo chato y sin perspectiva, y nos dejó un legado rico que debería ser profundizado por aquellos actores con vocación nacional. ¿Fue Aldo Ferrer excesivamente optimista? Las más graves coyunturas no lograban que él abandonara su convicción en el enorme potencial argentino, incluso cuando muchos se sentían abrumados por la cantidad de severos problemas que aquejaban al país. Es que Ferrer trascendió largamente la figura del economista convencional. La idea del desarrollo, como se comprenderá, no es una idea “económica”, sino política. Y Ferrer, a su manera y con su estilo, fue un dirigente político, que decidió incidir en el destino nacional no desde la política partidaria estrecha, sino en la conformación de grandes consensos nacionales transformadores. Por lo tanto, no solo su carácter personal determinó la permanente “positividad” de su prédica, sino su ubicación social como dirigente, no de una fracción partidaria, sino de una corriente histórica de largo aliento, que atraviesa los agrupamientos circunstanciales, para poner la mira en las cuestiones sustantivas que definen la historia de un país. Políticamente Ferrer continuó luchando, como lo demuestran sus últimos trabajos, por formular un pensamiento económico nacional, soberano, actualizado. De sus ideas surgen naturalmente líneas de acción y orientaciones fundamentales para nutrir un proyecto nacional y latinoamericano en el difícil e incierto siglo XXI.

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